¿Una cuestión de moralidad?

A diario constato la ola de puritanismo que, como pertinaz consejero de nuestra inconsciencia, trata de cubrir de nubarrones de culpa la montaña de nuestra diaria existencia. Noto a cada paso, que una parte de la sociedad nos conmina a golpe de mensajes velados y encendidos discursos, a considerar la urgente necesidad de cambiar ciertos criterios morales.
Esta tendencia liderada por autoproclamados ciudadanos ejemplares, seguidores tal vez de corrientes similares a la que inundó la Inglaterra del siglo XVI, donde se propugnaba la necesidad de purificar la iglesia anglicana de las adherencias de un (para ellos) corrupto y errático catolicismo, tanto en su fondo como en sus formas. Incluyendo el fervor religioso, la rigidez moral extrema y la más absoluta adecuación a las sólidas y tajantes normas de la moral evangélica de aquellos entonces.
En el terreno moral rígidos y de dureza excesiva en el modo de pensar y de actuar, enfocaron su existencia en vivir para gloria de Dios. Tan poco flexibles eran sus preceptos en cuanto a la moralidad, que en ciertas ocasiones lo eran de forma exagerada, rayando la obsesión, la inconveniencia y la tozudez más absoluta. Evitando siempre malas palabras y mostrar cuerpos desnudos, siendo pudorosos en extremo, tanto en lo que se ponían como en lo que hablaban. Fueron conocidos por su excesivo celo en tapar, modificar o simplemente esconder lo que la propia naturaleza humana no podía refrenar, por ser inherente a ella.
Ese punto medio en que, según los griegos, está la virtud. Se cuestiona en estos días por la marea viva de puritanismo que venimos sufriendo. Según estas nuevas personas de antiguos discursos, ese punto medio está desapareciendo por la inmundicia que nos invade a pasos agigantados y, por tanto, es inaplazable la cruzada puritana que ellos califican de necesaria y urgente.
Se acabó de mirar las cosas a distancia, incluso las propias. Es necesaria y urgente una revisión exhaustiva de las costumbres, los preceptos y las normas de una sociedad consumista y falta de valores. Hay que plantear una batalla cultural ante esta desordenada y peligrosa sociedad, si no queremos vernos abocados al desastre social, cultural y espiritual, vienen a postular, aunque con matices, sus más avezados gurús.
Miles de firmas piden que se cubran obras de arte de incuestionable y reputada fama. Obras clásicas, renacentistas o de reciente factura, sufren el acoso directo y mediático en diferentes países de nuestro entorno, por su aparente impudicia o su marcado exhibicionismo, según estos abanderados de lo moralmente aceptable, que construyen su doctrina muy alejados (incluso con signos de evidente repulsa) de confesiones religiosas de gran implantación a nivel mundial desde hace siglos y que incluyen en sus preceptos obligaciones o simples recomendaciones de índole moral o cultural.
Peticiones de distinto formato son enviadas con airados argumentos para amputar de exposiciones y foros obras de desnudos y presuntas actitudes complacientes, por su aparente ataque a la moralidad y la dignidad humanas, vestidas de acusación y enfado, por sus remitentes.
Que está pasando en una sociedad donde la libertad de expresión y por supuesto la libertad de expresión artística debe ser eso, libre y algunos (no pocos), nos la quieren encorsetar o si es el caso, hasta encarcelar.¿ Convendría analizarlo. ?
El verdadero arte, nunca es obsceno ni inapropiado, otra cosa es lo que algunos, con a saber, que aviesas intenciones quieran ver, desde la reprobación instalada en una torticera intencionalidad que los define.