EEUU ataca a España con su monarquía

La segunda transición

Vaya por delante mi posición fundamental en la vida. Soy comunista. Soy republicano, pero soy republicano por una República Democrática Popular para la mayoría de nuestro pueblo. No una república con Trump de presidente, ni con cualquier otro representante de la oligarquía de nuestro país. Ninguna persona de izquierdas debe apoyar a Trump o a Puigdemont por mucho que se declaren republicanos.

Y solo recordar que si en España tenemos una monarquía parlamentaria es porque el PCE, en el momento del referéndum sobre la Constitución, aceptó la monarquía -y la presencia de las bases norteamericanas- en España, pidiendo, junto a importantes partidos de izquierda revolucionaria, el Sí a la Constitución -traicionando sus valores republicanos- mientras que Unificación Comunista de España defendíamos como alternativa, en esos momentos, un Frente de Unidad Popular por la República, y la abstención en el referéndum de la Constitución con la consigna “Abstenerse es votar por la República”.

Dicho lo cual, pasemos a los acuciantes acontecimientos. Es lógica la indignación ante el saqueo a las arcas públicas ejecutado por Juan Carlos I, los escándalos del Rey emérito no pueden valorarse como un simple caso de corrupción. La monarquía ocupa un lugar capital en la propia estructura del Estado. Cuando se socava la monarquía, desprestigiándola, no es una cuestión personal, afecta a la estabilidad del Estado y del régimen político.

Y no nos confundamos ni nos dejemos confundir. El exilio del monarca en 1931 y en 2020 no pueden equipararse porque en su sentido más profundo ambos episodios son antagónicos. En 1931 fue la movilización popular, aprovechando la debilitad de las potencias europeas dominantes entonces -Inglaterra y Francia- tras la Primera Guerra Mundial, la que impuso un cambio de régimen, que acabó con una monarquía sostén de la Restauración -esencialmente una plataforma de la intervención de las potencias imperialistas de turno, y de un rancio dominio oligárquico-, una movilización popular que abrió paso a una Segunda República donde pudieron expresarse anhelos democráticos y deseos de profundo cambio social.

Ahora, en 2020, son los centros de poder hegemonistas, fuera y dentro de España, quienes han colocado a la monarquía en la picota. Ha sido la justicia de Suiza -del más histórico paraíso fiscal en Europa- quien abrió una causa judicial persiguiendo los delitos fiscales del Rey Emérito. Lo que ha sido difundido por medios de comunicación británicos y norteamericanos directamente vinculados al hegemonismo. Y aquí en España han contado con la sumisa intervención de las más nauseabundas cloacas del Estado -desde el comisario Villarejo a medios como OK Diario especializados en ser los desagües de los dossieres del hegemonismo y la oligarquía- para difundirlo.

Pero no podemos comprender nada de lo que significa la figura y los hechos del Rey Juan Carlos I sin partir de su vinculación con el hegemonismo norteamericano y su actuación decisiva de acuerdo a sus demandas de integración de España en el sistema de alianzas políticas y militares de EEUU.

Primero, el Rey fue la clave de bóveda que aseguró que la transición del régimen fascista al régimen democrático burgués garantizase la continuidad del Estado, y el fortalecimiento del dominio de la oligarquía y el imperialismo norteamericano. Para ello, encabezó el cambio de régimen sobre la base de un pacto económico -los Pactos de la Moncloa, diseñados a medida para el gran capital nacional y extranjero-, un pacto político -la Constitución, que consagraría la Monarquía Parlamentaria-, y un pacto militar -que aseguraría la entrada de España en la OTAN.

Segundo, Juan Carlos I encabezó la operación Armada -un golpe de estado civil-militar a Adolfo Suárez cuando éste se opuso a la exigencia norteamericana de ingreso inmediato de España en la OTAN tras la invasión soviética de Afganistán.

Sin embargo, ahora, “la huida del antiguo rey aumenta la presión para la reforma de la monarquía en España” titulan algunas de las principales cabeceras estadounidenses. ‘The New York Times’ considera que la partida del rey emérito “puede alimentar el debate político y social en España sobre la monarquía”. ‘The Wall Street Journal’ define la marcha del rey emérito como “un movimiento desesperado para salvar la reputación de la monarquía española”. El diario conservador señala que la institución, vista como “un símbolo de unidad” durante la construcción de la democracia “se ha tornado en los últimos años más divisora”.

Es decir, el hegemonismo estadounidense arremete hoy en día contra una monarquía que tan excelentes servicios le ha prestado en el pasado. Esto solo puede entenderse porque su actual proyecto es imponernos un nuevo salto en el saqueo, sobre el 90% de la población y sobre las riquezas nacionales de España. Porque para saquearnos necesitan degradarnos, debilitar nuestras resistencias internas. Porque la degradación política busca la inestabilidad permanente de España, sobre todo en momentos decisivos del país como éste, para impedir que el pueblo se una y luche contra sus proyectos.

Al exhibir ante el mundo la situación de la monarquía española buscan mantener abierta una herida en la Jefatura del Estado por la que desangrar, dividir y enfrentar al país. Trabajan para crear un clima de opinión nacional y mundial que alimenta la visión de un país débil, con instituciones trasnochadas y herederas de un régimen autoritario. Trabajan para agudizar las diferencias que hay entre las fuerzas del gobierno de coalición. Y, por supuesto, alimentan la otra herida, la de la unidad, y servilmente el corrupto Torra pide la abdicación de Felipe VI.

No apoyo la monarquía. Defiendo que la justicia actúe, que el Rey Emérito responda por los delitos cometidos. Pero denuncio que atacar ahora y colocar como blanco a la monarquía lo único que busca es dividir al país, al pueblo y al viento popular. Y lo único que trata de impedir es el urgente y necesario frente de unidad del 90% de la población española contra el proyecto hegemonista de Estados Unidos de saquearnos económicamente y degradarnos políticamente como país.

Eduardo Madroñal Pedraza

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