Ladridos eternos

(Mar Bassa) Quien tiene un perro sabe que tiene un tesoro. Pero hasta que no lo tiene, no le da importancia y no entiende lo que puede hacer sentir un can. “Es solo un perro”, la frase que más repiten los que no han tenido la suerte de compartir su vida con uno. “Un chucho sin importancia”, también he oído.

No es “solo un perro”. Con él recorres mundo, ríes, lloras. Está contigo en tus logros y en tus fracasos. Y, muchas veces, los únicos que están para ti cuando más necesitas compañía.

No entiendo cómo hay personas que desprecian a este noble animal. Les escupen, les pegan, les maltratan. Les abandonan. Un perro nunca te abandonaría, al menos hasta su último aliento. Y muchos no se recuperan y mueren de pena esperando al que creían que era su fiel amigo.

Un perro te cambia la vida, y tú también puedes cambiar la suya. ¿Por qué no darle una segunda oportunidad a los que están en protectoras? Seguro que aprendéis juntos. Adoptar a un can es de lo mejor que te puede pasar.

¿Quién diría que te levantarías un sábado temprano para salir a dar un largo paseo con su compañía? Explorar nuevos lugares que pronto se harán vuestros. Despertarte y ver su sonrisa, que te transmita la misma alegría que tiene…

Escuchar los golpes de su cola contra los muebles o sus patas al andar.

Llegar a casa después de un largo día y que te reciba dando vueltas a tu alrededor. Que te ladre porque te ha echado de menos, y tú también. Que te siga a todas partes, se siente a tu lado, o se tumbe. Mirarlo y que vuelva a mover el rabo. Cruzar miradas y sonreír.

Cocinar y darle algo de tu comida discretamente. Como un premio.

Solo estar juntos. Que, cuando estés mal, te cuide. Que con solo mirarlo ya entienda que necesitas compañía. Que te abrace, se tumbe a tu lado y te dé calor. Acariciar su pelajr hasta dormirte.

O contarle tus alegrías al llegar a casa y dar saltos de alegría los dos.

No es “solo un perro”. Con él vives muchas cosas, forma parte de ti, sois familia. Y muchas veces llegan por casualidad, pero es que lo mejor no se planea. Y así llegó mi perra a mi vida: por sorpresa.

Recuerdo que yo tenía 11 años y mi padre nos sorprendió con una caja. Era una bolita blanca y pequeña. Por sorteo gané para ponerle nombre: Layka. Una labrador retriever muy fiel y protectora. Porque para estos peluditos eres su vida.

Y sin olvidar todos los apodos que se les pone.

Con Layka viví de todo. Me hacía compañía cuando tenía pesadillas o en noches de tormenta que tanto aterran. Con ella lloraba después de un día duro en el colegio, donde se reían de mí. Y ella me abrazaba. Ella siempre ha estado allí.

También en lo bueno. Cuando por fin sabía lo que quería estudiar, cuando conseguía algo que me proponía, cuando logré entrar en el grado que años atrás soñaba. Y se crea un vínculo especial.

Crecimos juntas y aprendimos juntas. Amistad, amor y lealtad. Cómo olvidar cuando por primera vez se sentaba al decírselo, o se hacía la muerta. Llamarla porque sí, porque hacía tiempo que no la veía por el salón y jugar con ella. O cuando aprendió a cantar. ¡Qué talento tenía!

Sonrío cuando recuerdo aquellos días en los que jugaba al escondite con ella. “¡Layka, encuéntrame!”, gritaba desde cualquier rincón, incluso dentro del armario. Y oía sus patas acercarse, su hocico olfateando… Conseguir encontrarme y reír. A mi abuelo también le hacía gracia.

Aunque a veces es común que sacar a pasear a tu perro te pueda parecer un poco pesado, o darte pereza. Pero no sabes si ese puede ser el último paseo que deis juntos. No sabes que será la última vez que escuches las uñas de sus patas corriendo por tu casa con alegría.

Y tu mundo se derrumba de un día para otro. Eso pasó con Layka. Un bicho hizo que de un día para otro apenas se pudiera levantar. Leishmania, maldita seas. Te la llevaste antes de su hora, iba a cumplir nueve años… Y los que le quedaban. Me habría graduado con ella a mi lado.

Fue muy duro entrar en el veterinario con ella y salir con su correa suelta. Horas de angustia, hasta que vimos que nada se podía hacer. Lo único que no queríamos era que sufriera. Recuerdo mirarle a los ojos por última vez. Aquellos con los que tanto había vivido y tanta alegría me habían dado.

Y ya no los volví a ver más. Una despedida muy dura, pero agradeciéndole todos estos años de compañía y amor que me había regalado. Aquellas carreras, aquellos karaokes improvisados, los abrazos… Ya nunca volverán. Aún no puedo cantar aquellas canciones que hacíamos a dúo.

Y entonces llegas a casa y te hundes. Nadie te recibe moviendo la cola. Nadie ladra. No hay revuelo bajo tu mirada. Hay un enorme silencio. Solo quedan recuerdos y sus pertenencias: su cama acolchada, esa que tanto mirabas mientras dormía tranquilamente; el cuenco de la comida, donde tantas veces echabas pienso bajo su atenta mirada, sentada, o algún premio; o sus juguetes, que mucho has jugado en un divertido tira y afloja.

Y ya no queda nada físico. El silencio retumba en tu cabeza, en vez de retumbar los muebles por golpes de cola. Y recuerdas todos los momentos. Los ladridos se vuelven eternos. No es “solo un perro”, es mucho más. Es todo lo vivido, es todo lo sentido. Es amor.

Y como dice Pablo Neruda en su poema Un perro ha muerto:

Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.”

En memoria de todos los perros que nos hacen mejores personas y, en especial, a mi perra Layka, que nos dejó hace hoy un año. Vuela alto, volveremos a encontrarmos.