De servir en las casas a la Universidad

Isabel Perea Sánchez. Estudiante de Periodismo en la UMA No fue la chica de azul en el colegio de monjas, no estaba loca por Paco y tampoco fue la nena de papá que no trabaja y echa el rato. La protagonista de esta historia tiene el mismo nombre que la famosa canción de Los Suaves. Aun así, no hay ninguna semejanza entre la letra y ella.

Dolores Hidalgo, Dolores la de Los Iguales, es una mujer de 86 años que vive en Fuente Obejuna (Córdoba). Era una inocente niña de nueve años cuando dejó el colegio y se puso a trabajar de niñera para llevar dinero a casa. “Mientras los niños dormían, me tenía que poner a limpiar, otra cosa no había”, recuerda con cierta tristeza en su mirada.

Desde esa edad, sirvió en diferentes casas durante años. También trabajó en Francia, en la vendimia, donde asegura que pasó muchas fatigas por las bajas temperaturas. Con la joven edad de 24 años, se casó con José Vázquez, el amor de su vida desde hace ya 62.

La familia que han construido juntos, la Vázquez Hidalgo, está repartida por España y suman dos hijas, un hijo, dos nietas, dos nietos y, recientemente, se ha unido a la lista la primera bisnieta.

Tres generaciones

Su hija pequeña es Carmen Vázquez, más conocida como Carmelita. Tiene 56 años y es ama de casa en Fuente Obejuna. Al igual que su madre, desde joven comenzó a trabajar. Aprendió a coser con 15 años y con 17 tuvo la valentía de emigrar a Llobregat para trabajar en hoteles durante seis años.

Al regresar al pueblo, no paró. Trabajó en un restaurante. Y en la concejalía de cultura del Ayuntamiento de Fuente Obejuna. También mostró de nuevo su valentía emprendiendo un pequeño negocio de ropa y complementos.

Se casó con un músico arjonero a los 32 años, y poco tiempo después, demostrando que no hay límite de edad para formarse, se sacó el título de esteticien, con el que estuvo trabajando una larga temporada. Cuando nació su segunda hija, lo dejó. Se hicieron grandes y quiso volver, pero aparecieron unos desafortunados dolores de huesos y de manos.

Carmelita es madre de dos hijas que no puede negar que no sean hermanas. La pequeña estudia Enfermería en Mérida y la grande, Carmen María, tiene 21 años y estudia Traducción e Interpretación en Córdoba.

Se siente afortunada porque sus dos hijas estudian, pero también quiere que aprendan a trabajar y es algo que les repite todos los días. “Esto los jóvenes de hoy en día no lo comprenden”, comenta Carmelita mientras Carmen María sonríe vivaracha.

Dolores, Carmelita y Carmen María, reflejo de la evolución de la mujer

Dolores, Carmelita y Carmen María son tres mujeres de la misma familia que muestran el gran cambio generacional y feminista que ha sufrido este país en las últimas décadas. Los datos son favorables al progreso, aunque por desgracia, quedan aspectos en los que la brecha con sus compañeros hombres sigue existiendo. La trabajada vida de Dolores poco tuvo que ver con la de su hija y nada tiene que ver con la de su nieta.

La abuela, que se declara feminista, cree que ha mejorado la vida de la mujer. Sin embargo, también piensa que todavía queda para conseguir algunas cosas.

Carmen María se siente afortunada por su familia. Tanto por las mujeres como por los hombres que la componen. Cree que ha tenido mucha suerte por haberle tocado una familia así. Destaca, además, la mentalidad tan abierta que tiene su abuelo José. “Ya quisieran muchos jóvenes tenerla así”, dice sonriendo y con orgullo.

José, el abuelo, se sonroja y le quita importancia al asunto. Argumenta que el trabajo y los años son los dos factores que le han ayudado a pensar así.

Los días juntas

Las de los iguales siguen comiendo juntas siempre que pueden. Días festivos, navidades o Semana Santa. Es fácil cuando se vive en el mismo pueblo (y más aún, cuando se vive encima de la casa de la abuela). Gracias al WhatsApp y a otras redes sociales, tienen un contacto más habitual y directo con la parte de la familia que vive en Cataluña.

“Mi marido es todo lo contrario a lo que era mi padre”

En la humilde casa que vivía Dolores cuando era pequeña, la que pasaba las fatigas para poder sobrevivir y criar a sus hijos era su madre. Señala su foto en la pared, son idénticas.

—Mi padre no era nada de derechos, para acabar pronto y que me entiendas. Mi marido es todo lo contrario a él—cuenta Dolores mientras su hija asiente.

—Desde que salía el sol hasta que se ponía, mi padre estaba trabajando. Todo lo que tiene ha sido porque se lo ha ganado él—añade una emocionada Carmelita.

José y Dolores son un matrimonio humilde, creyente y de izquierdas. Trabajaron fuera y dentro de la casa durante años. Quizás, por todo lo trabajado y vivido, no están de acuerdo con muchas de las cosas que algunos están empeñados en hacer volver. No ven bien que el hombre se dedique exclusivamente a trabajar fuera y la mujer a las tareas del hogar.

Su nieta Carmen María, que les ha salido con las ideas bien claras, comenta con firmeza que en el siglo XXI esta estructura familiar no tiene sentido, y añade que “aunque haya gente joven que por verlo en su casa crean que es lo mejor, no lo es”.

Llevar una casa es una carrera como otra cualquiera

Desde que el mundo es mundo se sabe que el origen social y económico de una persona influye en su educación. Dolores, es consciente de ello y reconoce que, si hubiese podido estudiar, hubiese sido maestra. A diferencia de ella, sus cuatro nietos poseen estudios o están realizándolos. Se siente una abuela orgullosa, pero recalca la importancia de saber llevar una casa y hasta califica esta tarea como otra carrera cualquiera.

La violencia machista aún está impregnada en la sociedad

Las tres mujeres de esta familia coinciden en que la vida de la mujer ha cambiado para bien, pero que, a pesar del avance, la lacra de la violencia machista aún impregna la sociedad.

Dolores narra con enfado que es un problema que siempre ha existido, pero que la diferencia es que antes se callaban por miedo y nadie se enteraba de nada.

Carmen María, muestra su preocupación ante la situación actual de violencia en las parejas jóvenes. Desanimada, explica que hay muchos tipos de violencia y que no todos están visibilizados por igual. “Hay mucha gente joven que ejerce violencia psicológica, y por desgracia, está menos visibilizada que la física. Y eso que ocurre todos los días”.

Feminismo

La nieta mayor de Dolores muestra seguridad ante este tema, y se declara, con firmeza, feminista. Está de acuerdo con las manifestaciones de los últimos años con motivo del 8M. Y recalca con madurez que “si nosotras no nos movemos, ni luchamos por lo que queremos, nadie lo va a hacer por nosotras”.

Su abuela y su madre la miran con ojos de orgullo. Carmelita comparte la opinión de su hija, aunque hay veces que ve “cosas radicales” que no le gustan. Al pronunciar estas palabras, recibe una mirada fulminante de su hija. Dolores, en cambio, se ríe.

A una mujer de hoy

La octogenaria cuenta que a una mujer de hoy le diría que tiene que cuidarse porque hay muchas cosas malas.

—¡Y que no beba! —dice mirando a su nieta.

­—Yo le diría que diga que no cuando es no, que luche, que sea buena gente y que haga caso a su madre de vez en cuando—amplia Carmelita señalando a su hija.

Carmen María, la pobre, se las está llevando todas.

—Que no se rinda, que luche por lo que quiere y que no se deje manipular por nadie. Sororidad, feminismo y libertad—grita entre risas la más chica de las tres.

A pesar de los matices, todas coinciden en que siempre hay que ser una misma, que la personalidad no la puede arrebatar nadie y que es algo que siempre debe ir por delante. ” Es lo esencial de la persona”, añade el abuelo José.

Dolores mira a su familia y sonríe. Está feliz. Sin duda, si no fuese por ella, ni su hija ni su nieta valorarían la evolución que ha vivido la mujer en los últimos tiempos, y de la que su familia es ejemplo. Sin el sacrificio y amor de Dolores, nada sería como es hoy en esta casa.

Historias como las de Los Iguales son necesarias para dar visibilidad a la gente común que lucha día a día para ganarse el pan.

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