“Quería escribir libros de autoayuda, para ayudar a la gente”, el profesor y la taza de té

(Anna María Cano Martín) Una sonrisa familiar a lo lejos, un saludo. Han pasado 15 años. Hay maestros que siempre llevas en el corazón y Ángel Bermúdez es uno de ellos.

—Sabes que yo siempre intento tratar a los alumnos como personas y no solo darles clases de ciencia. Hay que escucharlos más y hacerles hablar más de cara a cara. Casi nadie les escucha: no los escuchamos los profesores, ni los padres, ni otros amigos. Les cuentan sus batallitas o exigen cosas, pero nadie se para a decir: ¿cómo te sientes?

Recuerdo que era un profesor muy humano que se volcaba con los alumnos a un nivel más profundo. Muchos tenían la confianza de acudir a él con problemas personales que quizás, les daría vergüenza hablar con otro adulto.

—Hay que ayudarles en ese proceso, a acompañarles y muy poca gente lo hace: algunos amigos, alguna persona adulta… pero es muy difícil y ese es el único camino para que puedan hacer frente a los golpes que les da la vida. Lo suyo es tener ese apoyo de alguien que los escuche y los anime a expresarse.

Han cambiado muchas cosas desde que terminé el instituto. Los años han teñido su pelo de color plata y marcado la piel de su cara expresiva, pero sus ojos siguen siendo dos pozos que irradian la profundidad de su persona. Cuando sonríe, un gran hueco se asoma entre sus paletas. Ángel siempre ha sido una persona muy reflexiva.

—¿Por qué esperar hasta la jubilación para hacer lo que siempre he querido?

Un parón laboral. Decide tomar las riendas. Se pone manos a la obra. Una idea, un esquema, documentación, mucha documentación.

— Uno tiene que hacer lo que le sale del corazón lo mejor posible, procurando lo mejor para uno y para el mundo.

El concepto de amor para él es imprescindible en todos los aspectos de la vida y así lo quiere reflejar sobre el papel.

—Confundimos el amor con la pasión, que no es lo mismo. El amor es aceptarse a uno mismo y al mundo tal y como es: de forma compasiva, con un sentido de cariño, afable. No juzgarse, sino aceptarse. Acogerse en cada acto con cada persona, con las cosas, con los seres vivos: acogerlos como son, sin juzgarlos y vivir desde una sensación de apertura. De decir: “Te acepto y te aprecio. A lo mejor para algunas cosas no coincido contigo, pero no te rechazo, no me cierro y estoy abierto a la conexión”.

Es una tarde soleada y cálida de noviembre. Los rayos de luz entran a través de la marquesina de El Anticuario, un local tranquilo con ocho mesitas en la terraza, de las cuales, solo dos están ocupadas. En el interior, suena música de los ochenta.

—Es una actitud de aceptar a la otra persona, te guste o no y aceptarte a ti mismo. Eso ya se puede expresar de muchas formas que, según las circunstancias y las personas, se puede completar. Es siempre un cariño, un afecto positivo en todo lo que haces. Siempre hay personas que pueden no caerte bien, pero las respetas.

Nada más llegar, el autor ha colocado sus libros sobre la mesita color madera para sacar  unas fotos. Docente, escritor o licenciado: yo solo veo a un viejo amigo. El cariño que le tenía no se ha desvanecido después de tanto tiempo. Su taza de té está siendo completamente ignorada mientras responde las preguntas. No para ni para coger aire.

—Quería escribir libros de autoayuda, para ayudar a la gente. Sobre meditación, la docencia, la evolución personal, que me gusta mucho. No quería que fuera algo arquetípico, porque muchas personas se cierran hacia este tipo de libros.

Acaba de publicar su tercera obra. Entre el vapor de su taza de té, de la que todavía no ha probado ni un trago, continúa:

— Todas las películas, telenovelas, van colando ese mensaje de lucha, agresividad. Entonces dije: ¿Por qué no lo mismo, pero en positivo, con cosas buenas? Empecé a escribir y la historia adquirió vida propia, con dos tramas paralelas, espirituales… Ese fue el origen y la finalidad: más que el desarrollo de la narración, los mensajes positivos que se quieren transmitir.

Luz y Vida tiene lugar en África, Dublín y Turín; lugares exóticos. No había estado en ninguno de ellos, por lo que le tocó hacer una intensa labor de documentación.

—Mucho tiempo después de publicar la novela, estuve en Turín haciendo la ruta de los lugares que aparecen en ella y fue un viaje muy especial. Me sorprendió porque no está muy masificado turísticamente. Ver que los sitios sobre los que escribí coincidieran, me llenó mucho.

— Cuando fuiste a Turín, ¿coincidía todo con cómo lo habías descrito en la novela o había cosas en las que te has equivocado?

—Me sorprendió que conseguí transmitir bastante bien el ambiente y la sensación del lugar sin haber estado allí. Lo único, es que si hubiera ido antes, hubiera hecho énfasis en algunas cosas que en la realidad te impresionan mucho más.

Justo al pasar a la siguiente pregunta, Ángel se apresura a hacer un inciso.

—Hay una iglesia que en mi libro es la más misteriosa: allí iban todos los condenados a muerte, había reuniones de una secta satánica… Pasaban muchas cosas y fue el único lugar que no pude visitar. Esa iglesia es muy rara, tiene las paredes forradas en rojo, es una cosa muy especial. Resulta que solo abre en circunstancias especiales o para gente con cita previa. Me sorprendió que fuera tan cerrada. Dije: “Pues eso encaja con la secta que yo había imaginado”. Concuerda con que allí ocultan algo y que hay algo más de lo que parece a simple vista.

Los días por venir, la segunda novela, es muy diferente…

—La segunda es distinta. Quería hacer un pequeño homenaje a mi familia, a mis padres que han emigrado, han luchado mucho y ligarlo con un protagonista actual. Pegaba una historia de amor con algo de desarrollo personal, como las crisis de pareja, y se me ocurrió que la historia de la otra persona estuviera relacionada con la violencia de género.

La finalidad que persigue exponiendo estos temas, es invitar a la reflexión.

—Me gustó mucho porque hay personas con una mentalidad más cerrada que no entienden que una mujer con estudios pueda ser víctima de violencia de género. Hay una que decía: “Eso es porque quiere, porque no tiene cultura” y me comentó que al leer mi novela, se dio cuenta de que también personas con estudios podían caer en ese mundo. Para mí fue muy satisfactorio.

Sonríe. Su taza de té ya no vaporea, debe haberse quedado helada. Helada…

Es el año 2008. Ángel se dispone a sacar unas fotocopias en la máquina de reprografía del instituto. Encarni, la conserje, se acerca. Le da una mala noticia. Tan mala, que la tez del profesor se queda blanca como las hojas de papel que tiene entre las manos.

Silencio.

—Perdona, si llego a saber que te afectaría tanto, no te hubiera dicho nada… Como es una alumna que ya lleva un tiempo sin aparecer por clase…

Su expresión afable se torna seria. Sus ojos celestes se vuelven vidriosos. La expresión de tristeza profunda se apodera de su rostro.

— Fue un choque. Me quedé en blanco. Durante un momento no podía hablar… Finalmente le contesté que prefería saberlo a no haberme enterado.

No se lo creía. Buscó información en periódicos porque le parecía tan fuera de lugar, que debía tratarse de un error: se tenían que haber equivocado de persona.

—Se me rompió algo por dentro y, en parte, me sentí culpable. Ha estado cerca de mí y no he sido capaz de brindarle unas herramientas para buscar algún apoyo en otra persona. Siempre te cuestionas y creo que nos pasa a todos, de que podrías haber hecho más, algo. Durante un tiempo estuve muy afectado por ella. Era una persona joven, con la vida por delante, tenía que vivir y no terminar así. Luego tuve que procesar qué es lo que podría haber hecho, aunque luego no pudiera evitar nada…

El último libro publicado, 20 historias y un deseo, es un recopilatorio de historias breves, pero incluye una muy especial. Se titula María Soledad y es la favorita del autor.

— Es una historia que sentí mucho. Además, me enteré al tiempo de algunas cosas que pasaron y me afectó más. Tenía esa espina clavada. Ya que las otras historias me estaban sirviendo como catarsis, he expresado ese dolor que sentí al enterarme. Imaginé una historia que causara un sentimiento parecido de desgarro y profunda tristeza, porque es lo que yo sentí y, de alguna forma, pensé que tuvo que sentir esa persona. Entonces, intenté reconstruir a partir de esos sentimientos clave. Fue la historia con la que peor lo pasé mientras la escribía y tuve que parar varias veces de la emoción y el llanto. Ahora cada vez que hablo de ella, me emociono.

Ángel está destrozado y con voz quebrada. Me siento mal, en parte, por revivir estos recuerdos.

—Es algo que me llegó mucho. Sentía mucho aprecio. Aunque esa historia no sea la de esa persona, sí la relaciono conmigo. Porque sufría por otras cosas, pero también las sufrió y a mí me afectó. Entonces, aunque no sea su historia, va ligada de alguna manera a esa época y esas personas, entre las que te encuentras tú.

Silencio.

El ambiente se podría cortar con unas tijeras.

Suspiros.

Lo miro con cara de pena.

Me sonríe con complicidad.

Ambos hemos pasado por ese duelo, ambos sabemos lo que se siente.

Las preguntas siguientes pierden relevancia, pero sirven para relajar las tensiones y volver a las risas. Casi sin darnos cuenta, la entrevista se ha convertido en una conversación entre dos viejos conocidos que llevan más de una década sin verse. Llega un momento en el que apago la grabadora.

—Me voy a quedar sin batería.

Por fin, Ángel le da un sorbo a su taza de té.

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